MARINERA PUNEÑA: CASTIZO SABOR ANDINO

Escribe: Jaime Hernán Cornejo-Roselló Dianderas

Necesidad de crear símbolos unitarios

Como toda práctica social la interiorización y aprendizaje de costumbres y nuevas prácticas se modela en función a estilos de vida y a particulares maneras de percibir y sentir las emociones personales y popularizarlas.

El pueblo en trance de creación o de emulación admite y asimila paulatinamente lo que le conmueve e interesa y lo vuelve propio, convirtiendo muchas actitudes y estilos que surgen de la acción y visión de personas o grupos diferenciados, en parte de su patrimonio. Por ejemplo, la melodía, del “Cóndor Pasa” del autor apurimeño Daniel Alomía Robles les emocionó tanto a los bolivianos que decidieron que esa melodía les pertenecía. Y, pese a que hubo aclaración, así lo sienten y lo consienten. ¿Quién les puede quitar el gusto? Ni una ley lo puede hacer, porque el sentimiento de arte y belleza pertenece a la humanidad y no a un solo cuadrante, ni menos a la mente de su propio creador. Y ese es la característica esencial del “Hecho Folclórico” o del arte popular que inicialmente pertenece a una persona o grupo y luego adquiere propiedad colectiva y popular. Una persona es la creadora de, por ejemplo, varias coreografías o varias composiciones musicales y si el pueblo las haces suyas, paulatinamente dejan de pertenecer a los autores así haya Derechos Reservados o “Derechos de Autorías Específicas”, Y esto, para el caso, es la génesis y crecimiento de la Marinera Puneña en el Altiplano que sumó matices mestizos mediante la sugestiva añoranza de sus melodías que salieron de la sala del sarao familiar o del salón del club social y luego se trocó popular y copuló prole con imitación y asimilación cuando se escenificó en teatros y salió a las calles a popularizarse.

Justamente, por la necedad de crear símbolos y prácticas que identificaran a un territorio herido y yugulado la “Marinera” se hizo peruana y suplantó a la Zamacueca y le surgieron varios hijos locales con súbitas denominaciones domésticas que adquirieron el nombre del lugar donde se la practicó. Producto de esa “proliferación patriótica” a la novísima “Marinera Peruana” unos la reputaron trujillana por lo revoloteadora de encajes y repiques que contenía, otros la pensaron y sintieron limeña y señorial por sus amanerados movimientos que feminizaban lo masculino y volvían susurrante y meloso el meneo femenino, algunos, también la motejaron de piurana por su contenido de sembrío y de chacra, de pampa y de cala pata con sones de tondero y, muchos, casi todos, la definen como propia de sus lares nativos.

Sin ir muy lejos el sacudimiento corporal de ayacuchanas cimbreantes que jadean después de saltar en sus danzas y transpirar de ayacuchanos en trance de zapateo se llama Marinera Ayacuchana y hay hasta Marinera Cusqueña que se toca con quenas y se baila con penas y, todavía, tenemos que hasta el golpeteo y retumbar del piso que acometen los “Calas Loncos” hijos de Lonquilandia, cuando se mueven al pie del Misti en su baile de la “Pampeña”, la suponen y presumen como Marinera Arequipeña y, sin remilgos, así la llaman y, cada hijo de vecino de altura, bajío o quebrada tiene su “Marinera Peruana” con tintes y tinturas locales. Y la “Marinera Peruana” posee versiones trujillanas, piuranas, ayacuchanas, huanuqueñas, cusqueñas y posiblemente hasta amazonenses. Todo construido, sentido y trabajado para que en aras de afirmar peruanidad no se vaya a sembrar en el mar y cosechar en el aire. Esas ínfulas tan peruanas de no ser cola de león, sino cabeza de ratón, son cosas y temas propios de la peruanidad que para ser tal debe ser masiva, inclusiva e invasiva, así sea abusiva copia u ofensiva imitación. Y ese es el Perú en trance de identidad a través de la “Marinera Peruana” que todos deben tenerla y llamarla de su casa y de su coto particular. Lo peruano para ser tal, para ser nacional, debe imbricarse en múltiples raíces locales.

No obstante, aquí debemos hablar del emporio y la cantera coreográfica que es el Altiplano-Titicaca. Hay una característica idiosincrática que atraviesa los modos de ser de las gentes que habitan el AltiplanoTiticaca y se refiere a la intensidad de sus sentimientos que se maximizan cuando ejecuta música o cuando se desplaza danzando. Hay danzantes andino collavinos que bailan días de días a veces ejecutando el mismo movimiento, la misma bisagra al ritmo de un acorde y un compás que, también, es el mismo. Mientras en otras latitudes hay fogosidad y movimientos extremados y hasta acrobáticos en las danzas del Altiplano-Titicaca los sentimientos se diversifican y plasman diversas propuestas. Y sobre esa distinción de la realidad se “construyó” la propuesta de “Marinera Puneña”, que se llevó a escenarios nacionales y extranjeros desde 1961 y determinaron que a través de la música de “La Paradita” y “Oh Marinera” la APAFIT estructurara una propuesta de danza que por el manejo de pañuelos, el uso del tiempo y las definiciones coreográficas de introito, cuerpo textual y desenlace con remate adquiera status de danza permanente y referente para que a su influjo en más de 50 años surcaran el anchuroso río de la inventiva y de la identidad plástica otras propuestas que recreaban el patronímico de APAFIT.

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